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La Ley Éxodo 20


“Que los requisitos morales de Dios son los mismos para todos los hombres en todas las dispensaciones; que estos están resumidos en los mandamientos pronunciados por Jehová desde el Sinaí, grabados en las tablas de piedra y depositados en el arca, que en consecuencia se llamó el "arca del pacto" o testamento (Números 10: 33; Hebreos 9: 4, etc.), que esta ley es inmutable y perpetua, siendo una transcripción de las tablas depositadas en el arca en el verdadero santuario en lo alto, lo que también se llama, por la misma razón, el arca del pacto de Dios; porque bajo el sonido de la séptima trompeta se nos dice que "el templo de Dios fue abierto en el cielo, y se vio en su templo el arca de su pacto". Apocalipsis 11:19.” (Declaración de fe número 11 de los Adventistas del Séptimo día, publicado en el Anuario de 1889, Pág. 149)


“Que la ley de los diez mandamientos señala el pecado, cuya penalidad es la muerte. La ley no puede salvar al transgresor de su pecado, ni impartir poder para evitar que este peque. En infinito amor y misericordia, Dios proporciona un camino por el cual esto puede hacerse. Él proporciona un sustituto, a Cristo el Justo, para morir en lugar del hombre, haciendo que "sea pecado por nosotros, para que fuésemos hechos justicia de Dios en Él". 2 Cor. 5:21. Aquel es justificado, no por la obediencia a la ley, sino por la gracia que es en Cristo Jesús. Al aceptar a Cristo, el hombre se reconcilia con Dios, justificado por su sangre por los pecados del pasado, y salvado del poder del pecado por la vida permanente de Cristo en el interior. Así, el evangelio se convierte en "el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree". Esta experiencia es forjada por la agencia divina del Espíritu Santo, quien convence del pecado y conduce al Portador del Pecado, induciendo al creyente a la relación del nuevo pacto, donde la ley de Dios está escrita en su corazón, y a través del poder habilitador de Cristo que mora en él, su vida se ajusta a los preceptos divinos. El honor y el mérito de esta maravillosa transformación pertenecen completamente a Cristo. 1 Juan 3:4; 2:1, 2; Romanos. 7:7; 3:20; 5:8-10; Efesios. 2:8-10; 3:17; 1 Gálatas. 2:20; Hebreos 8:8-12. “(Declaración de fe número 8 de los Adventistas del Séptimo día, publicado en el Anuario de 1931, Pág. 377)


1. La ley no solamente señala el pecado Hoy en día es común escuchar la frase: “la ley solo nos muestra el pecado”, La palabra “solo” o “solamente” no es bíblica, no está en Romanos 3:20 que es de donde se obtiene esta frase, ni en romanos 7, ni en otro lugar de la escritura cuando se habla de la Ley. Pablo dice allí que “por la ley es el conocimiento del pecado”, esto tan solo es uno de los propósitos de la ley, el poder que ejerce una pequeña palabra mal empleada es enorme. En 1931 la ley de Dios dejó de ser protagonista como lo era en 1889. El requerimiento de Dios es exactamente el mismo desde el Edén hasta nuestros días: obediencia perfecta a su Ley (Fe y Obras, pág 52, párrafo 2). Otro error común en nuestros días es pensar que la ley no tiene nada que ver con la justificación del pecador; la escritura dice: “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma” (Salmo 19:7) y la palabra “convierte” está correctamente traducida del hebreo. “La ley de Dios es una expresión de su carácter y al recibir los principios de la Ley, la imagen de Dios se graba en la mente y el alma” (DTG 49.5). Por tanto, la ley de Dios si tiene poder para evitar que el hombre peque, es Jesús mismo quien habla a través de la Ley. “Los hacedores de la ley serán justificados” (Romanos 2:13).

2. La Ley en el Sinaí La declaración de 1889 dice que la los diez mandamientos es apenas un resumen de la Ley de Dios. Dios no quería darle la ley exclusivamente a Moisés, lo que sucedió fue que el pueblo se asustó tanto que no quiso seguir escuchando la ley de la boca del propio Dios; dice la palabra que el pueblo “se paró lejos” y rogaron a Moisés que él siguiera hablando con Dios (Éxodo 20:18,19), por esta razón no escucharon el resto de la Ley. No era el propósito de Dios llenar de espanto al pueblo en el Sinaí, de hecho, hubo un periodo de preparación previo de purificación y oración (19:9-15); el propósito de Dios en el Sinaí era constituir un pueblo de sacerdotes y gente santa (19:6) pero para tal efecto, el pueblo debía guardar el pacto, es decir la santa ley de Dios, sin embargo el ser humano por si solo es incapaz de guardar la santa ley de Dios (Romanos 3:10), el hombre necesita de un poder superior y eso era precisamente lo que Dios quería proveer a su pueblo en el Sinaí. Dios nunca les dijo que tenían que cumplir la ley, Dios les dijo que debían escuchar su voz y guardar su Ley (Éxodo 19:5). La palabra “guardar” no tiene que ver con “cumplir” como se piensa comúnmente, la palabra “guardar” viene del hebreo “Shamar” que quiere decir “proteger”, “preservar”, “conservar”.


3. Escuchar su voz – Estar en la presencia de un Dios santo es tremendo, Isaías lo describe como estar en el mismo fuego consumidor (Isaías 33:14), “hay de mí!”, dijo Isaías (6:5). El profeta Daniel se enfermó y cayó al suelo cuando vio al Salvador en su gloria celestial (Daniel 10:8). Moisés fue protegido por el mismo Dios de ver el rostro de Dios (Éxodo 33:20-23). Manoa pensó que moriría con su esposa al ver a Jesús como un ángel (Jueces 13:18). Hay dos formas de enfrentar la presencia de Dios: huir o humillarse, los israelitas en el Sinaí no soportaron la voz de Dios y “se pararon lejos” (Éxodo 20:18,21). Dios quería que se humillaran a través del santo temor que les produciría su potente voz y así obtuvieran poder divino “para que no pecaran” (20:20). La prueba no la pasaron, por el contrario, hicieron una promesa que era imposible para ellos cumplir: “Ejecutaremos todas las palabras que Jehová ha dicho.” (24:3). Aquella generación nunca entró a la tierra prometida. Lo mismo pide Dios a su pueblo hoy en día, no cumplir la ley, sino escuchar su voz para poder cumplirla: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en el día de la provocación (en el Sinaí)” (Hebreos 3:15-19).


4.En mi presencia” El primer mandamiento dice normalmente en las biblias: “No te harás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3), pero resulta que del Hebreo, este mismo mandamiento también puede traducirse así: “En mi presencia, no existirán otros dioses para ti”. La primera traducción es un imperativo, la segunda traducción es una promesa. Usando la segunda traducción, los nueve mandamientos restantes resultan ser nueve consecuencias de lo que sucede en la vida de una persona cuando permanece en la presencia de Dios. Siempre tenemos la idea de un Dios severo, cuya ley es un conjunto de prohibiciones, no pensamos en la presencia de Dios como un deleite que llena el alma, sino como una espantosa restricción (1MS 215.2). Dios entonces envía a su Hijo, nuestro Señor Jesús, él es la ley encarnada en hueso y sangre humana (Juan 1:14). ¿Escucharemos hoy su voz para poder guardar su Ley?, ¿o debilitaremos su Ley para pretender escuchar su voz? ¿cuál voz es la que está llenando nuestra vida?


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